Lo que aprendí viviendo sola



A los 20 años me mudé sola. No sola - sola porque mi madre tenía su oficina en la misma casa, pero prácticamente no me cruzaba con ella porque durante su horario de trabajo yo estaba en la facultad o en la redacción. Para un montevideano es una circunstancia bastante extraña, aunque frecuente para quienes vienen del interior a estudiar. Para mí fue una experiencia transformadora.


Viviendo sola viví momentos muy lindos, otros bastante oscuros, crecí de repente, aprendí muchas cosas y me conocí a mí misma. Para cuando me mudé con mi novio, un par de años después, ya sabía cómo estar y valerme sola. Y eso es importante.


Acá algunos de mis aprendizajes, en plan hermana mayor.


Las nuggets no son comida


A veces no sabemos qué hacer con la libertad, ¿no? Cuando recién me mudé me pasaba durmiendo, mirando películas y comiendo las peores comidas. Y después de esa etapa de excesos —y con algunos kilos más— vino el momento de aterrizar. Comer nuggets puede ser divertido uno o dos días, pero al tiempo el cuerpo te pide un balance, lo notás en la piel, en los niveles de energía.


Así fue como empecé a aprender a cocinar y a comer, que no es lo mismo. Es algo que sigo aprendiendo, es una evolución constante. Aunque creo que es importante que sea algo que surja de uno y que no sea una imposición.


El orden es algo que se aprende


Toda la vida me dijeron que era desordenada y, reconozco, que mi cuarto siempre parecía zona de guerra. Con el tiempo entendí que el desorden físico va de la mano con el desorden mental y que para sentirme tranquila tenía que mantener cierto orden. Ahora soy militante de que cada cosa tenga su lugar y uno de mis trabajos soñados es ser una Marie Kondo uruguaya (y no tan extrema).


Por más cansada que estés, hacé algún plan (sola o acompañada)


Si pienso en mis años de facultad, realmente no sé cómo mi cuerpo soportaba todo lo que hacía. Estudié Comunicación e hice materias de audiovisual y periodismo que implicaban mucho trabajo práctico, ya fuera filmando y editando cortos o investigando y escribiendo notas. Y además trabajaba.


Entonces, cuando llegaba el fin de semana, solo quería dormir (ya lo confesé en el punto 1). Podía pasarme todo el día en la cama, a un nivel que no era sano; no comía hasta la noche con tal de no cocinar. Yo creía que eso era lo que precisaba después de hacer tanto entre semana, pero cuando llegaba el lunes me sentía igual de cansada y más bajoneada. Esto me duró años, hasta que me propuse que los fines de semana fueran días (un poco) más felices.


Pedir comida es carísimo, ir al supermercado caro y comprar en negocios locales lo mejor


Yendo a lo práctico, el primer gran consejo me lo dio la internet (bendita sea) y es que el alquiler tiene que representar no más del 33% de tu sueldo, el resto lo necesitás para transporte, comida o lo que quieras. Pero los alquileres en Montevideo son exorbitantes y, aún sabiendo la regla del tercio no tenía más remedio que romperla porque con mi sueldo no alcanzaba (y eso que compartía un monoambiente con mi novio). Esto me llevó a ser una experta en el ahorro.


En primer lugar recomiendo ir a negocios locales, como queserías, almacenes o verdulerías, que son los que más luchan para llegar a fin de mes, y porque tienen los mejores precios. También hay servicios como delivery de cajones de frutas y verduras, hamburguesas vegetarianas o frutos secos al por mayor (esos son los que uso) que están buenos. El supermercado trato de evitarlo, pero cuando no hay remedio intento comprar lo que necesito y no tentarme.


Siempre lo mejor para la billetera y para el cuerpo es cocinar comida fresca y de estación.


Los platos lavalos cuando tengas ganas pero la cocina y el baño una vez por semana


Creo que lo mejor de no vivir con mis padres es poder dejar algún platito sucio y no tener que lavarlo inmediatamente, como me obligaban en casa. Me permito esa flexibilidad, pero el baño y la cocina se limpian religiosamente una vez por semana a fondo y se mantiene el resto de los días. Con mi novio nos dividimos y yo me encargo del baño.


Los muebles de MDF son tu peor enemigo


A menos que seas una persona acaudalada (te felicito), cuando recién te mudás tenés un presupuesto acotado para comprar decenas de cosas bastante caras —capaz tenés alguna ayudita familiar, como mis padres que me prestaron o regalaron sillones y mesas de luz—. Entonces, después de pagar una heladera y una cocina, los muebles de melamínico son tentadores porque son mucho más baratos que los de madera maciza. Pero el tiempo me ha probado que son una pésima inversión porque a los años ya empiezan a ceder.


Por suerte existen los remates. No solo son sustentables (porque no estás consumiendo recursos nuevos) sino que además encontrás verdaderas joyitas de altísima calidad a precios muy accesibles. Yo conseguí un placard de roble estilo francés, un respaldo para la cama y dos mesas de luz. Ahora, incluso, podés comprar online y sin necesidad de interactuar con humanos.


Las plantas y las flores frescas te alegran el ambiente


No se llevan bien con los gatos, pero es una linda forma de darle vida al hogar.


No intentes limpiar sola la grasera, no vale la pena


Concluyo este post con una de mis mejores anécdotas. Vivía sola y la grasera —ya el nombre es desagradable— de la cocina tenía mal olor y era momento de limpiarla. Un sanitario me cobraba mil pesos, un monto que en aquel entonces me parecía excesivo, entonces decidí hacerlo yo misma. Calenté agua, me puse guantes, corté una botella por la mitad para usar de herramienta y coloqué un balde al lado. Arcadas mediante saqué bastante y dejé el balde en la mesada porque no sabía qué hacer con el contenido, no había pensado en ese factor. Creo que había decidido tirarlo en el water —esto está mal, no lo hagan— y cuando fui a agarrar el balde se me resbaló y se me cayó encima. Instantáneamente vomité. Y después tuve que limpiar eso.


Páguenle a un sanitario.