Tengo ansiedad

El título suena bastante escandaloso, ¿no? Parece que estoy haciendo una gran declaración. Sin embargo, si les contara que tengo asma o que soy hiperlaxa —ambos datos son ciertos— no sería para tanto. Esto pasa porque la ansiedad, al igual que todos los asuntos vinculados a la salud mental, tiene un estigma enorme.



Por ejemplo, el mes pasado Vogue Portugal publicó "el número de la locura" con varias notas vinculadas a la salud mental y cuatro tapas diferentes, entre ellas una en la que se ve a una chica con cara de sufrida con dos enfermeras en un hospital psiquiátrico. Más allá de lo cuestionable de hablar de "locura", no me deja de sorprender que en 2020 esa sea la imagen que se asocia a los trastornos psiquiátricos. Se piensa en enfermedades invalidantes, en personas totalmente desvinculadas de la realidad. Y las hay, pero también están las que son perfectamente funcionales y llevan una lucha en silencio.





Por esa imagen distorsionada —tal vez siendo un poco reduccionista— nadie habla del tema. Cuando lo hacés te tratan con pena, no te entienden o piensan que te excusás en un diagnóstico para no cumplir. Uruguay tiene una de las tasas de suicidio más altas del continente, algo que según un informe que presentó el Ministerio de Salud Pública hace unos días, va en un "aumento constante y sistemático" desde 1989. El año pasado 723 personas se quitaron la vida.


El suicidio es el peor final, la resolución más extrema, pero hay muchas otras personas, la mayoría, que simplemente conviven con eso. Yo soy una de ellas.


Qué es la ansiedad.


"El trastorno de ansiedad generalizada se caracteriza por una ansiedad y una preocupación persistentes y excesivas por actividades o eventos, incluso asuntos comunes de rutina. La preocupación es desproporcionada con respecto a la situación actual, es difícil de controlar y afecta la forma en que te sientes físicamente. A menudo sucede junto con otros trastornos de ansiedad o con la depresión", dice la Mayo Clinic.


En mi caso la ansiedad es que, antes de irme un fin de semana a la despedida de soltera de una amiga, haya hablado dos veces con la psicóloga de lo nerviosa que me ponía que hubiese otras chicas ajenas a mi grupo. O que me duela la panza antes de ir a un evento —y eso que en una época tenía uno por semana—. También me da miedo escuchar audios largos porque siempre pienso que son cosas malas. Dos por tres me pongo a pensar en el hecho de que eventualmente me voy a morir y me da insomnio. También les pregunto a mis amigos si están enojados conmigo constantemente y, en un momento, estuve convencida de que todos me odiaban. Es una forma bastante agotadora de vivir.


Antes de recibir un diagnóstico pensaba que todo esto que pasaba en mi cabeza era el estándar. Sin embargo, cuando empecé a recibir ayuda profesional, me di cuenta de que todos estos pensamientos me hacían mal y que, por suerte, era algo que podía cambiar. Algunos tenemos que tomar medicación por un tiempo, otros no. También hay otras técnicas que ayudan como la meditación, el yoga y el mindfulness. Es un camino que hay que recorrer, hay días mejores y hay días peores. Podés estar en una buena racha y que venga una pandemia que te corra de tu eje.


El primer paso, siempre, es buscar ayuda.


Acá les dejo algunos recursos o memes que pueden servirles (o al menos sacarles una sonrisa). También pueden llamar a 0800-1920, la línea gratuita de apoyo emocional frente a la COVID-19 o pedir consulta con un profesional a través de su mutualista. Perdón, son todos en inglés.